Hace ya unos buenos días que entré a trabajar y tengo una que otra historia interesante, aunque la más relevante sin duda debe ser mi primer día. Muchas personas se complican con eso y tratan de causar la mejor impresión para que los ayude en el resto del periodo. Yo, pos, soy bastante relajado y muestro lo que hay. Y si alguien hubiese considerado mi primer día como base para medir mi rendimiento…Pos, hubiera sido gracioso y algo vergonzoso.
Para empezar, decidí quedarme en la casa de Bunnies Queen, ya que está más cerca del Metro. Muy temprano por la mañana, me armé de valor y dejé las cosas medianamente ordenadas. Fui a la ducha. Al salir de ella, decidí afeitarme con la toalla en la cintura, como tantos machotes de comerciales de máquinas de afeitar. Me entretuve un rato en eso que ni cuenta me dí de que no me eché desodorante. Paf, salí a la pieza a por mi ropa. Uno de los costados de la derecha de la camisa, a la altura de la cintura, me molestaba mucho, pero decidí hacer caso omiso y apurarme, ya que algo atrasado iba. Ya en el andén del Metro, me decidí a revisar la molesta: era una alarma dentro de un trozo de tela, que a su vez estaba cosido a la camisa. Un pequeño sticker resaltaba y rezaba: “Retirar antes de usar”. Hijos de puta. Me puse a luchar con la camisa para poder sacar esa cosa, pero estaba fuertemente cosido. Fue una batalla donde hubo un damnificado: mi pantalón. Logré retirar la alarma, pero el fierro que cierra el pantalón (comprenderán los que han vestido formales) salió disparado, lo que me dejó con mi único pantalón sin que el cierre llegase a donde debía. Mis calzoncillos podían divisarse. Comprendí que para aparentar normalidad, debía cerrar mi chaqueta y caminar ligeramente encorbado.
Minutos más tarde llegué al bus y me subí. Rápidamente partí al baño de él. El agua no funcionaba muy bien, además el vehículo partió casi inmediatamente, lo que me complicaba a la hora de apuntar el deshodorante al área donde se supone es efectivo. Para mi sorpresa, pude hacerlo. Regresé a mi asiento y me dispuse a cerrar un ojo para poder descansar.
Ya en el trabajo, saludé a todo el mundo con mi pose adquirida y tratando de evitar cualquier movimiento agresivo que dispusiese mis partes íntimas.
Ya avanzado el día, terminé por romper completamente el cierre. Malditos cierres.
Me parece que nadie se dio cuenta. Al menos eso espero. Imagínense lo que es andar así, en tu primer día de pega. Juas, juas.








Jajajaja… Siempre tocan weás raras el primer día de algo. Y sobretodo al comenzar a trabajar, que empieza como una etapa nueva y bien rara. Como que lo lanzan a uno a la piscina… Y SIN AGUA!
Y sí wn, siempre las camisas nuevas traen esa etiqueta metiche que te webea.
Yo recuerdo mi primer día de práctica laboral.
Comenzaba un lunes, así que fui el viernes a presentarme, para saber donde era, conocer a mi profesor, y tener mis indicaciones sobre vestuario, y tonteras protocolares así. El asunto, es que el mismo viernes aproveché de caminar MUCHO por Santiago, muerto de calor… y el resultado fue una enorme deshidratación.
La cosa, es que el sábado, desperté con calambres musculares en ambas piernas. Me era imposible caminar, y debía ir el sábado a buscar unos papeles. Fui a duras penas (y esperé a mi profesora, así que llegué antes cosa que no me viera arrastrarme para avanzar) y luego, me fui a la casa. Al llegar, me apliqué friegas de calorub y me tomé una ducha caliente. Aparte de eso, me tomé un relajante muscular, pues el dolor era enorme en las piernas (caminaba como esos típicos viejitos que dan un paso sobre el paso anterior para dar la ilusión de avanzar).
Aparte de esto, unas ronchas aparecieron en mi torso, así que me dieron un anti-histamínico, todo para poder ir bien al primer día de práctica (era sábado).
Resultado: Al anochecer, mientras tomaba once con mi familia, de pronto sentí un hormigueo en las piernas. El hormigueo comenzó a subir rápidamente, empecé a transpirar (perspirar) muchísimo, helado, y me sentía mareado. Tenía un poco de desorientación, así que preferí ir a recostarme para que se me pasara. Sin embargo, el hormigueo era peor, y comenzaba a tomar la lengua, sentía un zumbido en los oídos y veía puntitos de colores. Se me pasó al rato, al igual que el susto, pero el dolor muscular seguía.
Al otro día, vino un tío, y me hizo friegas con dolorub (me llegó a sacar lágrimas). Además, le pidieron a una doctora que me diera algo que me ayudara, y me dio unas pastillas con la advertencia de que no podía tomar más de una semana estas pastillas, porque eran peligrosas. Pero que sin embargo, iba a poder caminar.
Me fui a Santiago ese domingo en la noche, y esa semana estaba solo allá. Al otro día en la mañana, me arrastré hasta la ducha (apenas podía, sujetándome de las paredes), y luego me tomé las pastillas… y al momento ya estaba caminando feliz hacia el metro.
Llegué a la pega, y a medida que transcurría el día, el efecto del medicamento disminuía (y el dolor volvía). Pero me aseguré, y llevé el dolorub a la pega. Eran las 3pm aproximadamente, y le pedí permiso a la profesora. Partí al baño, y comencé a echarme dolorub como podía en las piernas. Apenas caminaba en este momento, y los profesores me hacían caminar de un lado a otro. Obviamente, callado y tímido como era en ese momento, no dije nada, y me limitaba a cojear.
Y así, con dolor, se pasó el primer día (y el segundo…).
Meses después, conversando ya en confianza y amistad con mis profesores, recordamos el primer día, y mi profesora me dijo:
“Y yo que pensaba, cuando llegaste: Me llegó un alumno cojito, ¿por qué no dijiste nada?”. Jajajaja… A todos nos pasan weás raras el primer día de pega.